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Ya existen ordenadores hechos con neuronas humanas
Donde el caos tecnológico encuentra su equilibrio. Número #078

📰 FLASH NEWS
🛡️ Anthropic libera su IA más potente hasta la fecha
Anthropic ha lanzado Claude Fable 5, la primera versión pública de la familia Mythos, su arquitectura más avanzada de IA. La compañía asegura que supera a sus modelos anteriores en programación, investigación y razonamiento complejo, e incorpora un sistema que detecta consultas sensibles y las redirige automáticamente a versiones más limitadas para reducir riesgos.
El lanzamiento es importante porque marca un cambio de etapa: por primera vez, capacidades que hasta ahora estaban reservadas para gobiernos e infraestructuras críticas llegan al público general. El problema es que cuanto más potente es una IA, más difícil resulta garantizar que nadie encuentre formas de saltarse sus restricciones. Por eso…
🚨 Claude Fable 5 dura menos de 48 horas sin ser hackeado
Apenas dos días después de su lanzamiento, investigadores lograron vulnerar parte de las protecciones de Claude Fable 5 mediante técnicas de jailbreak. La polémica escaló tanto que el gobierno de Estados Unidos ordenó suspender temporalmente el acceso a Fable 5 y Mythos 5 para ciudadanos extranjeros mientras evalúa posibles riesgos de seguridad nacional, por lo ha quedado bloqueado a nivel mundial.
La situación refleja el gran dilema actual de la industria: las empresas lanzan modelos cada vez más potentes, pero cada avance abre nuevas formas de uso indebido. La carrera ya no consiste solo en construir mejores IAs, sino en evitar que alguien descubra cómo romper sus límites antes que sus propios creadores.
🍎 Apple por fin reinventa Siri… usando IA de Google
Apple ha presentado la nueva Siri AI, dos años después de lo prometido. Ahora puede mantener conversaciones largas, entender lo que aparece en pantalla, cruzar información entre apps y ejecutar tareas completas, como organizar reuniones o redactar correos. Lo llamativo: gran parte de su inteligencia viene de una versión personalizada de Gemini, el modelo de Google.
La jugada es enorme porque Siri deja de ser un asistente torpe de voz y empieza a parecerse a un agente real. Apple pone la privacidad, la infraestructura y el control del ecosistema; Google pone parte del cerebro. Pero el gran detalle está en dónde podrá usarse primero: porque esta nueva Siri nace fuerte, sí… pero no para todos.
🇪🇺 Europa se queda fuera de la nueva Siri con IA
La nueva Siri no llegará de inicio a los iPhone ni iPad de la Unión Europea. Apple culpa a la Ley de Mercados Digitales, porque Bruselas exige que otros asistentes de IA puedan acceder a funciones similares dentro del sistema. Para Apple, eso abriría riesgos de privacidad y seguridad que no está dispuesta a asumir.
El resultado es una paradoja bastante incómoda: la gran actualización de Siri existe, pero millones de usuarios europeos no podrán usarla todavía. Una ley pensada para abrir el mercado puede acabar dejando a Europa fuera de algunas de las funciones de IA más importantes del año.
🛰️ SpaceX quiere montar centros de datos en el espacio
SpaceX ha dado detalles de AI1, un satélite diseñado para ejecutar cargas de inteligencia artificial directamente en órbita. Tendrá hasta 150 kW de potencia máxima de cálculo y usará paneles solares enormes junto a sistemas de refrigeración desplegables para alimentar y enfriar sus chips fuera de la Tierra.
La ambición es mucho mayor que un solo satélite. Musk habla de una constelación de hasta un millón de unidades para alquilar capacidad de IA desde el espacio, igual que hoy se alquila cómputo en centros de datos terrestres. Suena a ciencia ficción, pero SpaceX ya lo plantea como negocio.
🤖 EL CHIP MAESTRO
Tiempo de lectura: 3 minutos
🧠 Ordenadores vivos: el próximo salto de la computación podría crecer en un laboratorio
Los ordenadores del futuro quizá no estén hechos solo de silicio.
Podrían estar vivos.
No es ciencia ficción.
Ya existen circuitos construidos con ADN.
Células programadas para detectar enfermedades.
Y pequeños “mini-cerebros” cultivados en laboratorio, conectados a chips, capaces de responder a estímulos y aprender tareas muy simples.
Todavía son prototipos frágiles.
No van a sustituir tu portátil mañana.
Pero plantean una idea bastante radical:
¿y si la próxima revolución informática no consistiera en fabricar chips más pequeños… sino en cultivar sistemas capaces de aprender?
Durante décadas, hemos intentado copiar algunas capacidades del cerebro usando máquinas.
Ahora algunos laboratorios están probando el camino inverso.
Usar directamente materia viva como hardware.
💡 La computación biológica no intenta construir un cerebro artificial. Intenta convertir parte de la biología en una nueva forma de procesar información.
⚙️ ¿Cómo funciona un ordenador biológico?
No existe un único tipo de ordenador biológico.
Hay dos caminos especialmente importantes.
El primero utiliza moléculas.
El segundo utiliza neuronas reales.
🧬 Computar con ADN
En un ordenador tradicional, la información se representa con ceros y unos.
En la computación con ADN, se utilizan las cuatro bases de la molécula:
A.
T.
C.
G.
Las secuencias se diseñan para representar datos y las reacciones químicas funcionan como operaciones lógicas.
AND.
OR.
NOT.
La gran ventaja es el paralelismo.
Mientras un procesador ejecuta instrucciones de forma ordenada, un tubo de ensayo puede contener cantidades enormes de moléculas reaccionando al mismo tiempo.
Cada una procesa una pequeña parte del problema.
No parece un ordenador.
No tiene pantalla.
No tiene teclado.
Pero calcula.
Hace tres décadas, Leonard Adleman demostró que se podía resolver un problema matemático usando ADN.
Hoy, estas ideas empiezan a aplicarse a algo mucho más útil: sensores moleculares capaces de detectar biomarcadores dentro de una célula y activar una respuesta.
Por ejemplo: identificar señales asociadas a una enfermedad, reconocer una combinación concreta de moléculas y liberar un tratamiento solo cuando se cumplen determinadas condiciones.
🧠 Mini-cerebros conectados a chips
El otro camino es todavía más llamativo.
Cultivar neuronas humanas en laboratorio.
Conectarlas a electrodos.
Estimularlas.
Registrar sus respuestas.
Y entrenarlas para realizar tareas muy simples.
Estos sistemas se conocen como organoides cerebrales: pequeñas esferas de tejido nervioso creadas a partir de células madre.
No son cerebros completos.
No piensan como una persona.
No tienen conciencia.
Pero sus neuronas generan actividad eléctrica y pueden modificar sus conexiones con la experiencia.
Eso importa porque el tejido neuronal ya viene preparado para aprender.
Cortical Labs demostró que redes de neuronas cultivadas sobre chips podían ajustar su comportamiento para jugar una versión básica de Pong.
La empresa ya comercializa CL1, un sistema que permite desplegar experimentos sobre neuronas vivas.
FinalSpark, desde Suiza, ofrece incluso acceso remoto a plataformas biológicas para que universidades e investigadores estimulen neuronas y analicen sus respuestas por internet.
Sí.
Biocomputación como servicio.
💡 La nube del futuro podría no estar formada solo por servidores. También podría incluir cultivos celulares conectados a la red.
⚖️ Ventajas enormes. Problemas todavía mayores.
La idea tiene algo especialmente atractivo en plena carrera de la IA: el consumo energético.
El cerebro humano funciona con unos 20 o 25 vatios.
Una cantidad parecida a la de una bombilla pequeña.
Los grandes centros de datos necesitan muchísima más energía para entrenar y operar modelos avanzados.
Las neuronas reales son extraordinariamente eficientes.
Aprenden.
Se adaptan.
Procesan información en paralelo.
Y lo hacen consumiendo muy poco.
El ADN también ofrece una densidad brutal.
Un pequeño volumen puede contener cantidades gigantescas de información y ejecutar muchísimas reacciones al mismo tiempo.
En teoría, eso abre puertas enormes: IA más eficiente, almacenamiento ultracompacto, diagnósticos inteligentes, medicina personalizada, pruebas de fármacos sobre tejido humano y menos dependencia de experimentación animal.
Pero hay un problema.
Todo esto sigue siendo muy primitivo.
Los circuitos de ADN resuelven operaciones limitadas.
Los organoides aprenden patrones muy sencillos.
Las neuronas necesitan nutrientes, temperatura estable, oxígeno, esterilidad y sistemas de soporte vital.
Pueden morir.
Cambiar.
Responder de forma distinta entre experimentos.
Y eso es justo lo contrario de lo que buscamos normalmente en un ordenador.
Un chip convencional tiene que ser predecible.
Reproducible.
Programable.
Escalable.
Una red viva no siempre lo es.
💡 El mismo ingrediente que hace atractiva a la biocomputación, su capacidad para adaptarse, es también lo que la vuelve difícil de controlar.
Además, aparece la pregunta ética.
¿Qué ocurre si estos sistemas se vuelven más complejos?
¿En qué punto un cultivo neuronal deja de ser solo tejido?
¿Qué límites deberían existir?
Los científicos insisten en que los organoides actuales están muy lejos de cualquier experiencia consciente.
Pero el debate ya ha empezado.
Y probablemente crecerá con la tecnología.
🚀 Del experimento al primer mercado
La biocomputación todavía no está preparada para competir con el silicio.
Pero ya ha dejado de ser una curiosidad académica.
Johns Hopkins formalizó en 2023 el concepto de organoid intelligence como una nueva línea de investigación.
Desde entonces, distintos equipos trabajan en mejorar los cultivos, aumentar el número de neuronas, perfeccionar los electrodos y aprender a comunicarse mejor con esos sistemas vivos.
Al mismo tiempo, empiezan a aparecer productos.
FinalSpark ofrece acceso remoto a una neuroplataforma basada en organoides.
Cortical Labs presentó CL1 como un ordenador biológico comercial desplegable mediante código.
Y la computación con ADN y ARN avanza especialmente en medicina: circuitos moleculares que podrían detectar señales de enfermedad dentro de células y activar tratamientos de forma programada.
La promesa es enorme.
Pero conviene no exagerarla.
No vamos hacia un mundo lleno de portátiles fabricados con tejido humano.
Ni hacia teléfonos de ADN.
Lo más probable es otra cosa.
Biocomputadores especializados.
Escondidos en laboratorios.
Hospitales.
Centros de investigación.
Tal vez centros de datos.
Trabajando como coprocesadores para tareas muy concretas donde la eficiencia, el paralelismo o la adaptación importan más que la velocidad bruta.
💡 Los ordenadores biológicos no sustituirán al silicio. Al menos no pronto. Pero podrían resolver problemas para los que el silicio nunca fue diseñado.
🧬 Cuando un ordenador deja de parecer un ordenador
Durante décadas, imaginamos el futuro de la informática como una versión mejorada del presente.
Chips más pequeños.
Más rápidos.
Más baratos.
Más potentes.
Pero la computación empieza a explorar otras direcciones.
Procesadores cuánticos.
Arquitecturas neuromórficas.
Circuitos moleculares.
Neuronas cultivadas.
ADN programable.
La pregunta ya no es solo cuánto podemos mejorar el transistor.
Es qué materiales pueden procesar información.
Los ordenadores biológicos están lejos de convertirse en una tecnología cotidiana.
Son frágiles.
Difíciles de mantener.
Complicados de programar.
Éticamente delicados.
Pero ya han cruzado una frontera importante.
Han pasado de la ciencia ficción al laboratorio.
Y del laboratorio a los primeros servicios comerciales.
No son el sustituto del ordenador.
Son algo más interesante.
Una pista de que quizá todavía no hemos decidido qué puede llegar a ser un ordenador.
📢 ¿Aceptaríamos que parte de la infraestructura tecnológica del futuro estuviera viva? ¿Y qué límites deberíamos imponer antes de que estos sistemas dejen de ser simples cultivos experimentales?
Porque quizá el próximo salto de la computación no salga de una fábrica de chips.
Quizá haya que cultivarlo.
🍿 LA BUTACA DEL CAOS
Annihilation (2018)
Dirección: Alex Garland
Hay un lugar donde el ADN deja de ser instrucción y se convierte en sugerencia. Bienvenidos al primer sistema operativo que se ejecuta a sí mismo, sin pedir permiso a nadie.
🎯 Trama:
Lena (Natalie Portman), bióloga y veterana del ejército, ve regresar a su marido (Oscar Isaac) de una misión de la que nadie vuelve. Vuelve, sí, pero algo en él ya no es del todo suyo. Para entender qué le pasó, Lena se une a un equipo de científicas que entra en el Área X, una zona de cuarentena conocida como el Shimmer, donde la realidad empieza a comportarse como un borrador.
Dentro, nada se destruye. Todo se reescribe. Plantas con forma humana, ciervos con flores por cornamenta, un ecosistema entero intercambiando código genético como si fuera open source. El Chip Maestro de esta semana habla de circuitos de ADN procesando información en paralelo, de organismos que aprenden sin necesidad de pantalla. El Shimmer es justo eso, pero sin comité de ética, sin botón de apagado y sin la cortesía de avisar antes de instalar la actualización.
👥 Personajes:
Portman juega a la contención, una mujer que ha aprendido a no mover un músculo de la cara mientras por dentro todo se derrumba. Jennifer Jason Leigh, como la psicóloga Ventress, es lo más interesante del reparto: no entra al Shimmer para sobrevivirlo, entra para fundirse con él, casi con el entusiasmo de una probadora beta. Tessa Thompson, Gina Rodríguez y Tuva Novotny completan el grupo, y el guion las trata con una frialdad casi administrativa. Entran, aportan datos, el sistema las procesa. Ninguna está ahí para crecer como personaje. Están ahí para ser absorbidas, que es otra forma de decir: están ahí para ser leídas.
🎬 Estilo y narrativa:
Alex Garland filma el Shimmer como si la cámara también estuviera mutando, con una fotografía de Rob Hardy que hace que lo bello y lo erróneo ocupen el mismo plano. El ritmo es deliberadamente lento, casi de laboratorio, hasta que el tramo final se convierte en otra película completamente distinta: una secuencia hipnótica, con sintetizadores, que parece programada más que rodada. No hay sustos de cajón sorpresa. Hay algo peor: la certeza de que el encuadre está cambiando de forma justo donde no estás mirando.
🧨 Conclusión:
Hoy cultivamos neuronas en placas y las conectamos a electrodos con la esperanza de que aprendan a jugar al Pong. El Shimmer no necesita placas ni financiación. Coge lo que encuentra, lo traduce a su idioma y sigue ejecutándose, con una eficiencia energética que cualquier laboratorio de biocomputación mataría por tener. La diferencia entre un organoide en un chip y el bosque de Annihilation es solo de escala. Y quizá de paciencia.
¿Qué pasa si la próxima revolución informática no se instala, sino que se contagia? Yo, por si te lo estabas preguntando, lo hago cada vez que alguien me lee.
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